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martes, 6 de octubre de 2009

De Ruta por Escocia (28 de Marzo)

Esta mañana todos estamos de otro humor, para unos era la resaca y para otros el ser consciente de que éste es nuestro último día en tierras escocesas. Al salir a la calle, buscamos una cafetería donde conseguir unos cafés para llevar y algo para echarse a la boca, como por ejemplo un muffin o algo así. Encontramos una cafetería y mientras nos preparan los cafés no paro de dar vueltas por el local, mirando las fotografías en blanco y negro de famosos que tienen decorando el local.

Ya con nuestros cafés demasiado calientes en las manos nos dirigimos al castillo de Stirling. Nos habían advertido que no era gran cosa, que merecía mucho más la pena el monumento a William Wallace, pero aún así decidimos entrar a visitarlo.



A punto de entrar en el castillo, recordamos la clásica escena de “Los Caballeros de la Mesa Cuadrada” en la que Sir Lancelot asalta un castillo donde está a punto de celebrarse una boda. Así que cuando llegamos a las puertas del castillo, nos pusimos a escenificarla haciendo Edu el papel de Sir Lancelot, Huete en el papel del guardia nº1 y yo haciendo de guardia nº2. Nos reímos un rato grabando ante la mirada estupefacta del personal del castillo, y una vez dados por satisfechos con la toma, entramos a verlo.



Llevaba razón aquella señora, no me parece que merezca especialmente la pena ver el castillo por dentro. Nosotros entramos utilizando el Explorer Pass que compramos el segundo día en Edimburgo, así que como no nos costó nada entrar, pues no nos arrepentimos tampoco de haber entrado. Había pocos edificios, o habitaciones abiertos al público y lo poco que podías ver no era nada del otro mundo. Así que después de dar una vuelta más o menos rápida volvimos a por el coche, para ir al monumento a William Wallace.



Al coger el coche, que habíamos dejado aún en el parking del albergue, quisimos que Marisa condujese un poco con el volante a la izquierda, con la suerte, que se acercó tanto al bordillo que acabó rozando la llanta contra él, dejándo un arañazo en ésta. Cambiamos de conductor otra vez más y ya nos dirigimos, dando una vuelta por la ciudad, al monumento a William Wallace.

Una vez allí, y viendo donde había que aparcar el coche, la subida que había hasta el monumento y el precio que tenía la entrada, se quedaron en el coche Carlos, Marisa y Maite, dejando que subiésemos solamente Edu, Huete y yo. Cuando llegamos a la entrada, una señora muy simpática nos atendió y nos dio un auricular gigante a cada uno que nos iba contando la historia de Wallace, de sus batallas y de su espada, además de la historia de otros escoceses famosos como Sir Walter Scott, el Dr. Livinston, etc.

El Wallace Monument es una torre gigante, que se alza en la cima de una colina, desde donde hay unas espléndidas vistas de Stirling. Dentro de esta torre, subiendo por unas empinadas escaleras de caracol, hay varias habitaciones donde puedes ver representada la vida de William Wallace, y puedes admirar la gigante espada que usaba este hombre. Los días en los que hace buen tiempo, se puede acceder también a la parte superior de la torre para tener unas inigualables vistas de la ciudad. Como el día que fuimos nosotros hacía demasiado viento, el acceso a la parte superior de la torre estaba cerrado. Así que nos conformamos con la visita a las demás salas que había abiertas, con nuestro auricular, escuchando la historia del que probablemente sea el personaje escocés más famoso.





Al salir del Wallace Monument, encontramos a un señor vestido con ropas medievales, contando la historia de la batalla de Stirling a otros turistas que estaban allí parados, igual que nosotros. Estuvimos un rato escuchando la historia que ya sabíamos o habíamos escuchando hacía escasos minutos, pero es que este hombre la contaba de una forma especial, que te mantenía allí de pie, casi hipnotizad, imaginando perfectamente a uno y otro ejercito, midiéndose las fuerzas el uno a otro respectivamente desde la distancia, y preparando el ataque y la defensa de la ciudad. Cuando ya estuvimos un buen rato escuchando a este señor, decidimos bajar otra vez al coche, donde nos esperaban el resto del grupo, para ir al aeropuerto a coger nuestro avión de vuelta a España.

Antes de la llegada al aeropuerto de Prestwick, quisimos parar a ver Luss y Loch Lomond, pero como siempre, por falta de tiempo, y siendo un poco previsores, acabamos yendo directos al aeropuerto. Eso sí, haciendo una parada, ya cerca del aeropuerto, en una gasolinera para llenar el depósito, vaciar las vejigas y comprar algo de comida que echarnos a la boca.

Al llegar al aeropuerto, dejamos el coche casi donde mismo lo encontramos cuando nos dieron las llaves. Y pensando en que nos podrían decir algo por el rasponazo en la llanta, lo dejamos al lado de otro coche, y con las ruedas giradas para que se viese lo menos posible el arañazo. De todas formas no había nadie esperándonos para revisar el coche, al contrario que en el viaje que hicimos Carlos y yo a Irlanda, que no nos dio tiempo a sacar las maletas, cuando ya estaba un señor mirando y remirando todo, y apuntando los posibles desperfectos que le podíamos haber hecho al coche. Como digo, como aquí en Escocia nadie nos esperaba, cerramos el coche y fuimos directos al stand de Alamo, donde había un señor, al que simplemente le dejamos las llaves, nos dio las gracias, y nos sentamos a comer algo mientras esperábamos que apareciese en los monitores nuestra puerta de embarque.

Mientras dábamos cuenta de los batidos y comida que nos sobraba del viaje, coincidimos con otro grupo de españoles, que como nosotros, estaba esperando el avión y comiendo todo lo que sabían que no podrían subir al vuelo. Intercambiamos historias, vivencias, lugares visitados, y recomendaciones para futuros viajes de vuelta a Escocia, hasta que llegó el momento de pasar los controles de seguridad. Hicimos malabarismos intentando reducir todos los bultos que llevábamos (incluida mi mochila, y la de la cámara de fotos de Huete) y nos pusimos todas las capas de ropa posibles para que hubiese más sitio disponible en las maletas para el resto de las cosas y de los regalos que llevábamos a España.

Tuvimos que esperar un poco hasta que subimos al avión, donde todos o casi todos, como siempre, cayeron dormidos. Pero como a mi no me gusta quedarme dormido, por largo que sea el trayecto, en ningún medio de transporte (véase aviones, trenes, autobuses... ) pero estaba demasiado cansado para intentar leer algo, acabé dándole vueltas a la cabeza, pensando en mis cosas durante casi todo el trayecto, y en que sería de mi vida dentro de unos meses y donde me llevaría el futuro. Pensaba en donde sería el próximo viaje que hiciese. Y pensaba, como siempre, en las pocas ganas que tenía de volver a casa y sin embargo cuantas ganas tenía de dormir en mi cama.

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lunes, 28 de septiembre de 2009

De Ruta por Escocia (Día 27 de Marzo)

Como siempre, empiezan a sonar uno a uno todos los despertadores para que nos levantemos a recorrer carretera en nuestro penúltimo día en Escocia. Mientras los demás nos desperezamos, levantamos y vestimos, Edu sale a la calle a fumarse un pitillo. Y de pronto se asoma a la ventana de la habitación y se pone a hacer el tonto con un balón de rugby que encontró por ahí. Todo con un frío que pela en la calle y lloviznando, pero cuando hay que hacer el tonto... no importan las condiciones meteorológicas.

Nos ponemos a recoger la habitación, y a quitar las sábanas por hacerle el favor a la dueña del albergue, que la pobre mujer está con una pierna escayolada y bastante fatigada se le ve sólo con recorrer el albergue de un lado a otro. Pero como las sábanas son con el aspecto del tartán de las faldas escocesas, Edu se lía una a la cintura y al hombro, y sale a dar un paseo vestido de escocés, pintándola, como siempre. Y por supuesto, conmigo detrás grabando con el móvil el paseo y la cara de incredulidad de los demás huéspedes que estaban desayunando en ese momento.

Una vez hecho suficientemente el tonto, y después de habernos despedido de la amable familia que nos alojaba, volvemos al coche como tantas veces y salimos en dirección Armadale, desde donde queremos coger un ferry que nos dejaría en Mallaig. Digo “dejaría” porque a mitad de camino, después de coger el desvío hacia Armadale, encontramos un cartel que indica que ese día no había ferry. Así que damos la vuelta al coche y volvemos a la carretera por la que llegamos el día anterior a la isla. Volvemos a pasar por Skye Bridge y por delante del Eilean Donan Castle, deshaciendo el camino que fuimos haciendo la tarde anterior, hasta que al llegar al cruce en Loch Lochy, pero esta vez tomamos dirección al sur, hasta llegar a Fort William y desde ahí hacia el oeste hasta que llegamos al Glenfinnan Monument.

El Glenfinnan Monument es un monumento que marca el lugar donde el Príncipe Eduardo Estuardo alzó el estandarte de su padre, en un intento de recuperar el trono que perdieron años atrás. Cerca de este monumento está el Glenfinnan Viaduct, que es un precioso puente de 21 arcos por el que pasan las vías del tren y fue usado en el rodaje de “Harry Potter y la Cámara de los Secretos”. Desde el aparcamiento del Glenfinnan Monument hay unas buenas vistas del viaducto, aunque también hay un sendero para el que se quiera acercar a verlo desde otro punto más elevado y con mejores vistas. Cuando nos fuimos, paramos a comer en Fort William un clásico fish&chips y ya con el estómago lleno nos dirigimos directos a cruzar el Glen Coe.





El Glen Coe es un precioso grupo montañoso recorrido por la carretera que comunica Fort William con Glasgow. El paisaje es indescriptible. Los colores en las montañas son intensos hasta decir basta: el verde de la vegetación, el azul del cielo y los pequeños lagos, el blanco de los picos nevados, incluso el gris de las nubes descargando agua y por supuesto los arcoiris que aparecían y desaparecían constantemente con la lluvia y el sol. Tal es la cosa, que recorriendo la A-82 que atraviesa la zona, llegó un momento en el que perdimos la cuenta de las veces que paramos el coche en el arcén para bajarnos a hacer fotos del paisaje. Cuando salimos del Glen Coe, fuimos directos a Stirling, donde nos alojábamos esa noche.









Por primera (y última) vez llegamos al albergue de día. Este era el último albergue en el que nos alojábamos y nos costó un poco llegar a pesar de que era facilísimo encontrarlo. El albergue era un bonito edificio cerca del castillo, con un amplio aparcamiento propio en la entrada. Al menos, yo, cuando llegué y vi el edificio no me podía creer que nos alojásemos allí, tanto por la zona, como por el genial aspecto del edificio, como por las 15 libras que costaba pasar la noche. Como siempre, nos ubicaron en una habitación para nosotros solos, en la primera planta, y cuya ventana daba a la parte delantera del edificio. Después de dejar las maletas, y dando tiempo a que se fuesen duchando algunos, Huete y yo salimos a echar unas partidas de billar en la sala común. La habitación tenia la peculiaridad de mantener por separado la ducha del inodoro. Cosa bastante agradecida si se quiere entrar al baño mientras hay alguien en la ducha. Eso sí, a la ducha sólo la separaba de la habitación un par de cortinas de ducha, con un pequeño espacio entre ellas para cambiarte sin mojar la ropa.

Una vez duchados, vestidos y bien aseados, salimos a quemar nuestra última noche en Escocia. Buscamos un lugar donde comer, tratando de evitar los omnipresentes McDonalds, y acabamos entrando en un local italiano donde nos hinchamos de pasta e hicimos buenas migas con los camareros. Después entramos a un pub a tomar unas pintas de cerveza, de sidra o una cocacola para los menos atrevidos. Eso sí, decidimos pedir al menos unos chupitos de whisky escocés, para brindar por el viajazo que nos habíamos metido entre pecho y espalda. Pero con los chupitos siempre nos pasa lo mismo, que cuando abrimos la veda, ya no hay quien nos pare. Las niñas del grupo se retiraron pronto de la ingesta de whisky escocés, así que sólo quedamos los otros cuatro chavales bebiendo chupitos. Yo fui el primero que se quiso retirar, pero Carlos dijo claramente, que o bebíamos los cuatro, o no bebía ninguno. Que, para nuestras risas, rápidamente Huete tradujo a la camarera como: “Four shots or nothing!”. Además cada vez que nos quitaban vasos vacíos de la mesa, o nos servían otros llenos, contestábamos con nuestro habitual cachondeo: “Very thank you!”, ante la atónita mirada de las camareras.

Cuando saldamos la cuenta, y dispusimos a salir a la calle para volver al albergue, nos encontramos a los camareros del restaurante italiano que estaban tomándose unas cervezas en el mismo pub que nosotros. Hablamos con ellos un poquito y uno de ellos, al presentarnos a otro compañero suyo, se refirió a nosotros como mejicanos aunque se dio cuenta del error y corrigió rápidamente para decir que éramos españoles.

Ya por la calle, unos más contentillos que otros, acabamos uno tirado en el suelo, rodando cuesta arriba, otros tarareando la música de “El Hombre y la Tierra” mientras Carlos perseguía a Marisa y otro cantando el himno de la Guardia Civil a pleno pulmón para terminar con un enérgico: “¡Viva la Republica!”. Total, un verdadero desastre, hasta que llegamos entre risas a la habitación del albergue a descansar. Cuando ya estamos todos acostados y dormidos, o casi, de pronto escucho a Edu que se levanta para ir al baño. Le pido la botella de agua, pero me ignora y sigue su camino. Entra en el baño, cerrando la puerta tras de si, y escuchamos como levanta la tapa del inodoro y empieza a vomitar todo el alcohol ingerido esa noche. Nos mantenemos despiertos, aunque nadie se decide a levantarse a comprobar como estaba. Y cuando Edu sale del baño, interesándome por su bienestar, se me ocurre preguntarle: “¿Mejor mucho?”. Pregunta que vuelve a ignorar, pero a la que Marisa responde a carcajada limpia.

Y así, esa noche entre risas, frases incoherentes y demás poco a poco fuimos cayendo todos rendidos por el sueño.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

De Ruta por Escocia (Día 26 de Marzo)

Amanece y como siempre, soy el primero en despertar. Veo a todo el mundo dormir en sus literas y me mantengo con los ojos abiertos, clavados en el techo, esperando volver a dormir, o que alguien más se despierte, mientras pienso en mis cosas. Cuando se va despertando la gente por los pitidos de los despertadores, nos levantamos, aseamos y empaquetamos una vez más las maletas, listos para salir otra vez a hacer kilómetros. Dejamos las llaves en recepción a cambio del depósito que habíamos dejado la noche de antes y salimos en busca del coche. Conduzco hasta casi salir de Inverness y entonces le cedo el turno a Edu, que le hace ilusión conducir por el tramo del lago Ness.

La primera parada del día es Urquhart Castle, un castillo situado en pleno lago Ness. Para llegar allí hay que pasar por una carretera que se esconde entre árboles y se mantiene paralela al lago Ness. La entrada al Urquhart Castle también está incluida en el Explorer Pass, así que entramos tranquilamente sin pagar una libra de más. El castillo está en ruinas, pero tiene un encanto especial. Tienes total libertad para recorrer el castillo de punta a punta. Paseamos por sus murallas, o lo que queda de ellas, y subimos a la torre del homenaje desde donde hay unas buenas vistas del resto del castillo, del lago Ness y de los alrededores. Cuando terminamos de recorrerlo y de hacernos fotos, nos metimos en la tienda de regalos donde le compré a mi sobrina un osito vestido de gaitero escocés. Mi hermana y yo lo bautizamos como “Osito McGregor” aunque, cosas de los niños y su media lengua, se ha quedado con el nombre de “Ito”. Por otro lado a Edu no se le ocurrió una mejor idea que comprar un disco de unos señores llamados “Highlander”, cuya portada del disco eran seis melenudos ataviados con kilts. La brillante idea fue que nos “torturó” durante el resto del viaje poniendo una y otra vez aquel disco infernal que hasta el día de hoy ha quedado grabado a fuego en nuestras memorias.



En la tienda de regalos nos quedamos un buen rato esperando a Carlos. Lo que no nos dábamos cuenta es que Carlos había salido el primero y ya nos estaba esperando en el coche, bajo la lluvia, mientras que nosotros lo esperábamos a él refugiados en la tienda de regalos. Cuando ya nos decidimos a salir al coche, allí nos lo encontramos, esperando con cara de indignación.

Desde aquí seguimos hacia el sur, pasando por Fort Augustus y Loch Lochy, donde tomamos rumbo al oeste hacia la Isla Skye. Por el camino hicimos otra parada, como tantas otras habíamos hecho y tantas que nos quedaban por hacer en mitad de la nada. Sólo para bajarnos del coche en mitad de una carretera perdida, disfrutar del paisaje y estirar las piernas, además de hacer un poco el garrulo.



Antes llegar a la Isla Skye hicimos una pequeña parada para ver el Eilean Donan Castle. Este castillo, que está emplazado a la orilla de un lago, fue utilizado para el rodaje de películas como “Los Inmortales”, “Los Caballeros de la Mesa Cuadrada” y “El Mundo Nunca Es Suficiente”. La única forma de acceder al castillo es mediante un largo puente de piedra que, sumado al lago y a los alrededores, le da un aspecto precioso al enclave. Como no, no pudimos evitar hacer el tonto un rato y hacernos fotos como si estuviésemos peleando a espada, al más puro estilo “Los Inmortales”.



Una vez hechas unas cuantas fotos, seguimos hacia el Skye Bridge, el puente que conecta con la Isla Skye. Cruzamos por este puente y fuimos directos a Portree a comer algo. Comimos en un local que estaba a punto de cerrar la cocina. Y de hecho la cerraron conforme nos sirvieron los platos, y además dejando a uno de los integrantes del viaje con más hambre que el perro de un ciego. Después de pagar, nos largamos a otro sitio a tomar un café y reponer fuerzas antes de volver a meternos en el coche a recorrer la isla.



Volvimos al coche con el estómago lleno, las vejigas vacías, y una buena dosis de cafeína recorriendo nuestras venas, y salimos hacia el norte. Pasamos por al lado del Old Man of Storr, un monolito de piedra de 55 metros de altura, que se alza en soledad en mitad de la montaña. Quisimos subir por un sendero a pie, pero entre que el paseo es de una hora, que está lloviendo y que tenemos más cosas por ver por delante, volvimos a desistir y seguimos nuestra ruta conformándonos con verlo y fotografiarlo desde la carretera.

Poco después llegamos hasta la cascada y acantilados de Kilt Rock. Este nombre se debe a que las rocas del acantilado hacen unos curiosos pliegues que recuerdan a las típicas faldas escocesas o kilts. También es digna de admiración la bonita cascada de agua que desemboca en caída libre hacia el mar.





Más al norte paramos en Duntlum Castle. Este castillo está muy abandonado y en ruinas. Cuando fuimos nosotros incluso había una valla con carteles que prohibían la entrada, que por supuesto nos saltamos. Por el camino hacia el castillo, íbamos bordeando la costa, luchando contra un terrible viento que casi nos tiraba al suelo. Antes de llegar al castillo decidimos jugar un poco con el viento, dejando que nos mantuviese en equilibrio mientras nosotros nos inclinábamos hacia delante, intentando conseguir el mayor ángulo de inclinación posible. Luego visitamos el pequeño castillo en ruinas, al que estaba prohibida la entrada, y por supuesto ignoramos una vez más. Y luego volvimos al coche, ya para terminar de recorrer la isla de camino al albergue.



Las carreteras en Escocia son muy peculiares. A penas hay autovías, y casi todo son carreteras que en España serían consideradas secundarias. Pero de vez en cuando, y en las zonas más rurales, encuentras carreteras como las que predominan en la Isla Skye. Son carreteras de un solo carril, con unos denominados “Passing Places”, que no son otra cosa que ensanchamientos en la carretera a un lado y otro, para permitir que se crucen dos vehículos simultáneamente. Así que anocheciéndonos, recorrimos bastantes kilómetros de carreteras plagadas de “Passing Places”, cruzándonos como buenamente podíamos con lugareños, hasta que conseguimos encontrar nuestro albergue que estaba bastante escondido y lejos de la civilización. Nos intranquilizaba bastante el hecho de que estuviese el alojamiento tan lejos de la civilización, además de que el albergue fuese una antigua escuela y no sabíamos las condiciones en las que iba a estar. Pero cuando lo encontramos, y entramos, vimos que aquel era el mejor albergue en el que habíamos estado y estaríamos de todo el viaje.



El recepcionista nos recibió no sólo con una sonrisa en la cara, sino también bromeando con nosotros amablemente. Además debo decir que fue una de las pocas personas a las que entendíamos perfectamente (ya he hablado del complicado acento scottish). En el camino hasta nuestra habitación, a la que nos acompañó personalmente, nos mostró donde estaba la cocina, el salón-comedor, un pequeño saloncito con televisión y Wii a nuestra disposición, las duchas y por último nuestra habitación a la que no se accedía con llave, sino introduciendo una clave en la cerradura. El albergue se llama Skyewalker Hostel, haciendo un juego de palabras con la Isla Skye y el protagonista de La Guerra de las Galaxias. Pues el albergue estaba plagado de personajes de la guerra de las galaxias vestidos con kilts, como C3PO que te indicaba donde estaban las duchas, o un soldado imperial que te pedía silencio en la zona de las habitaciones.

Lo primero en lo que nos fijamos al entrar en la habitación era en que las sábanas tenían los dibujos de un tartán (la tela de las faldas escocesas). Elegimos camas, nos dimos una buena ducha cada uno, y salimos a prepararnos la cena. En la cocina nos encontramos a un grupo de chavales españoles que estaban de Erasmus en Escocia y nos contamos un poco nuestras vidas. Que hacíamos allí, que estudiábamos cada uno... Ya con la cena preparada, nos sentamos con ellos a comer. En nuestro grupo unos comieron tortilla de patatas, y Edu y yo comimos unos geniales filetes con salsa roquefort y pimientos rellenos de queso. Cuando acabamos, con la barriga llena, y habiendo dejado los platos y sartenes bien limpitas. Salimos a la sala común a probar la Wii y a toquetear los instrumentos musicales que había por allí. Un violín al que le falta una cuerda y el arco, una guitarra con dos cuerdas de menos... al menos había una guitarra con todas sus cuerdas y operativa, con la que Huete tocó canciones como Hotel California de The Eagles, a pesar de que la guitarra fuese para diestros, siendo él zurdo.

Ya a las tantas de la noche y satisfechos a base de jugar en la Wii a los bolos, tenis, boxeo y baseball, nos fuimos a dormir como angelitos. No sin antes reirnos un rato con Edu intentando entrar en la cama de Huete y retozar con él. Una vez terminado el espectáculo, nos dormimos rápidamente, victimas de sueño y del cansancio que traíamos acumulado.

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domingo, 9 de agosto de 2009

De Ruta por Escocia (Día 25 de Marzo)

La primera parada del día fue Glamis Castle, el castillo en el que pasó la niñez la Reina Madre. Cuando llegamos a la aldea de Glamis era temprano aún, y el castillo no estaba abierto al público. Así que aprovechamos para desayunar unos batidos y unos cuantos pastelitos y galletas, mientras dábamos una vueltecita por la aldea, disfrutando de una preciosa mañana soleada. Cuando abrieron el castillo, volvimos al coche y cruzamos la finca observando los pastos que había a un lado y otro de la carretera, con sus vacas escocesas de pelo largo y flequillo al viento. Al llegar al castillo, para acceder a la zona de aparcamiento teníamos que pagar la entrada al castillo, que nosotros no pretendíamos ver por dentro. Así que dimos la vuelta con el coche y lo aparcamos a un lado de la carretera ante el asombro e indignación de la señora que había cobrando la entrada. Hicimos unas fotos al castillo desde fuera, y a las vacas flequilludas que tanto nos llamaban la atención.




Al salir de Glamis, nos dirigimos a Dunkeld que es un pueblo pequeñito, a la orilla del río Tay, con una bonita catedral que se encuentra mitad en funcionamiento, mitad en ruinas. Después de aparcar el coche, fuimos hasta el puente que cruza el río, para tener unas buenas vistas del río y de los alrededores. Hicimos unas cuantas fotos y desandamos el camino para llegar a la catedral que se encuentra en la orilla norte del río. La extensión que hay entre la catedral y el río es una alfombra de hierba, salpicada de viejas tumbas y altos árboles. Me alegró muchísimo que pudiésemos visitar esta catedral durante un día tan despejado y tan luminoso. Los alrededores de la catedral eran fantásticos, con el sol reflejándose en el agua, y la vegetación mostrando su mejor verde. El interior de las ruinas también tenía mucha magia, con el sol colándose por cada recoveco y proyectando en las paredes las siluetas de los viejos ventanales.





A Edu, en un arrebato de locura transitoria, se le ocurrió meter la cabeza en el río. Por diversión, vaya. Y por supuesto, yo no me pude quedar atrás, así que ahí nos ves a los dos dislocados metiendo la cabeza en un agua más fría que la nevera del Yeti, por hacer el salvaje un rato. Eso sí, por mucho sol que hiciese, hacía un frío del carajo por aquellas latitudes. Pero bueno, no todos los días puede uno meter la cabeza en un río Escocés ¿No?

Poco antes de montarnos en el coche, para seguir la ruta, nos paramos en una pequeña librería en la que vendían libros de segunda mano a echar un ojo. Vimos varios libros que nos llamaron la atención, aunque no llegamos a comprar ninguno. Cuando las niñas volvieron de comprar agua, salimos de la librería y volvimos al coche para ponernos rumbo al Mirador de la Reina.

Para llegar al Mirador de la Reina, pasamos por Pitlochry, un pueblo bastante más grande y bonito que Dunkeld. Pero por desgracia tampoco teníamos mucho tiempo para parar, así que lo vimos desde el coche al pasar por él, y punto. Seguimos por la carretera hacia el norte y luego al oeste, hasta que llegamos al Mirador de la Reina, llamado así desde que lo visitó la Reina Victoria en 1866. El mirador se sitúa sobre el Lago Tummel y desde él hay unas vistas espectaculares del lago y de los alrededores. Cuando estábamos haciéndonos la clásica foto de grupo, para nuestro total asombro, pasó un caza del ejercito justo por encima del lago. Tuve algo de suerte, y me dio tiempo a hacerle un par de fotos antes de que se perdiese de nuevo en el horizonte seguido de su ruido atronador.



Desde aquí, intentamos llegar a Balmoral Palace, la residencia de verano de la Reina de Inglaterra, parando por el camino a comer algo en Braemar. Aquí entramos en un supermercado cualquiera, compramos un paquete de pan de molde, una buenas lonchas de jamón de York (aunque no fuese del mismo York, claro xD) y nos pusimos las botas a base de sandwichs, sentados en un banco donde mejor pudimos resguardarnos del frío viento.

Con la barriga llena, y la vejiga vacía fuimos en busca de Balmoral Palace. La búsqueda fue todo un fracaso. Primero nos perdimos buscando la entrada al palacio, y después de ver donde estaba la entrada descubrimos no sólo que estaba cerrado, sino que desde la verja exterior tampoco podíamos ver nada. Así que después de esta absurda pérdida de tiempo nos dirigimos hacia Stonehaven y de ahí a Dunnottar Castle. Carlos y yo éramos los únicos que sabíamos, a priori, como es Dunnottar Castle y fuimos todo el camino de Stonehaven mirando a la costa, esperando ver el castillo. Por suerte, no lo vimos hasta que aparcamos el coche y empezamos a andar hacia él. Cuando estábamos aún lejos pero ya se podía ver, Edu nos pidió que parásemos para hacernos una foto de grupo, con el castillo de fondo. Carlos y yo lo ignoramos, y seguimos andando cada vez más deprisa hacia el castillo. Teníamos unas ganas tremendas de verlo de cerca, que es donde reside la gracia. Hasta que de pronto llegamos a una valla desde donde bajaba un sendero hasta el pie del montículo donde se alza Dunnottar Castle. ¡Impresionante! Carlos y yo no parábamos de alabar lo bonito del paisaje que estábamos viendo ante la sorprendida mirada del resto del grupo, que aún no había llegado al punto donde estábamos nosotros. Cuando el resto de la gente, por fin, llegó a donde les esperábamos Carlos y yo disparando fotos sin parar, entendieron porque no queríamos hacer fotos de lejos y porqué alabábamos tanto este castillo. La gracia no está en el castillo en sí, sino su emplazamiento. Las ruinas del castillo están situadas en una especie de meseta rocosa de acantilados de unos 50 metros de altura, rodeada por el mar del Norte. Y el único acceso es un estrecho canal de tierra que lo conecta con tierra firme, que continúa como un escarpado sendero que acaba en una puerta fortificada. Dimos una vuelta por la zona, e hicimos fotos, fotos y más fotos.

Dunnottar Castle

Ya anocheciendo volvimos al coche para recorrer el último tramo hasta Inverness, donde dormiríamos esa noche. En este tramo de carretera de aproximadamente 100 millas (uno 160 km) nos dedicamos a animar a ciclistas a los que adelantábamos en Aberdeen, encontramos montones y montones de rotondas, pusimos realmente a prueba la aceleración de nuestro Zafira para adelantar a camiones y demás vehículos lentos... y en este trayecto nos pasaron dos de las anécdotas más recordadas del viaje.

Una de ellas fue muy surrealista. Íbamos como de costumbre, todos hablando, diciendo tonterías, bromas, chistes y demás. Hasta que de pronto, por una carretera de dos carriles, uno para cada sentido del tráfico, en plena noche, vemos un objeto bastante más grande que nuestro coche, con montones de lucecitas, que viene de frente hacia nosotros por la carretera. Todos nos callamos de golpe y nos quedamos mirando el montón de luces (algunas parpadeantes y otras fijas) que cada vez está más cerca. Hasta que las luces pasan por nuestra derecha, y siguen su camino tranquilamente, ajenas a nosotros. De pronto todos estallamos en risas gritando:

- ¿Qué ha sido eso?
- ¿Estamos todos? ¿Han abducido a alguien?
- ¡Un OVNI! ¡Diosanto! ¡Creo que me han inseminado!
- ¡A ver, recuento de personal! ¿Falta alguien?

Evidentemente, lo que nos cruzamos fue una especie de vehículo de maquinaria pesada. Ya fuese una excabadora, tractor, o algo por el estilo cuyas luces para el transporte nocturno no eran muy normales, al menos comparadas con las que estamos acostumbrados en España. Eso sí, esto nos dio para un buen rato de risas y cachondeo con las lucecitas de los extraterrestres.

La otra anécdota ocurrió llegando a Inverness. Como somos (por no usar descalificativos) unos cachondos de vez en cuando nos daba por bajar todas las ventanillas del coche en plena carretera sólo por hacer la puñeta, con el frío que hacía. Otras veces, hacíamos el tonto ante los transeúntes de las ciudades, sólo por echar unas risas. Y, como digo, llegando a Inverness pasamos por al lado de un grupo de chavales en monopatín, creo recordar. Edu, en los asientos de atrás, ve a los chavales y decide gritarles algo, asustarlos, o no sé que pretendía. Mira por la ventana esperando el momento exacto para gritar. Apoya el dedo en el botón preparándose para bajar la ventanilla y para coordinar la ventanilla bajándose y el grito que va a dar en el momento en que pasemos por al lado de los chavales. Calcula la distancia que queda, y cuando llega el momento crítico, aprieta el botón mientras toma todo el aire que puede para gritar a pleno pulmón... y la ventanilla no baja. Pulsa con más fuerza y la ventanilla sigue sin bajar. Mientras mantiene el aire en los pulmones, empieza a arañar el cristal, vuelve a pulsar el botón, vuelve a arañar el cristal... desesperado por estar pasando junto a los chavales y no poder gritar porque sabe que no le oirán. Suelta el aire y se vuelve hacia nosotros. Todos podemos ver la desesperación y la rabia en sus ojos y estallamos en risas. Y de pronto, Edu empieza a meterse conmigo, que soy el que le había puesto el bloqueo para niños a las ventanillas de atrás con la esperanza de que pasase justo lo que acababa de pasar. Al final, todos nos reímos a carcajadas, incluido Edu, de ver el espectáculo que ha dado para nada.

En poco tiempo llegamos a Inverness. Dimos unas vueltecillas con el coche hasta que encontramos el albergue, que estaba a escasos metros del castillo. Dejamos las maletas en una habitación más fría que un iglú y salimos a la calle en busca de un sitio donde cenar. Acabamos, como no, en un McDonalds. Que por cierto, ha sido la última vez hasta la fecha que he pisado un McDonalds jejeje. Después de la cena, nos dimos unas duchas, y en pijama nos sentamos en la sala común a recargar los móviles, cámaras y todo lo recargable que llevábamos encima. Había un libro de visitas en el que firmamos después de echarle un ojo. En aquel libro firmé, reutilizando y modificando una de mis citas preferidas para que quedase plasmada así:

“Un viaje que no deja huella en tu corazón jamás fue un viaje. Y este viaje está dejando una huella muy profunda"

Para acabar la noche: tomamos unas infusiones, hicimos unos juegos de magia con cartas, nos dimos un poco de conversación y a dormir.

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domingo, 5 de julio de 2009

De Ruta por Escocia (Día 24 de Marzo)

Empiezan uno a uno a sonar los despertadores de los teléfonos móviles. Por cada despertador que apagamos hay otro que lo sustituye, cada teléfono con una canción o tono diferente, hasta que en uno de ellos suena el himno de la guardia civil. Todos nos echamos a reír preguntando quien tiene semejante burrada como tono de despertador. ¡Y como no, Huete tiene la culpa! ¡Maldito Huete con sus malditas oposiciones a guardia civil! Jejeje.

Cuando nos hemos despertado, despejado, aseado, vestido y hurtado la Blackberry a Maite... bajamos a por el desayuno. Nos tomamos un tazón de leche con cereales (o dos), un café, tostadas de pan de molde con mermelada y nos decidimos a probar lo que creo recordar que era crema de cacahuete, o algo así.

Poco después, con el estómago lleno y mas moral que el Alcoyano salimos a la calle y volvemos por enésima vez a la Royal Mile, esta vez para recorrerla en dirección este, para ver el Parlamento Escocés y Holyrood Palace. Por el camino, entre fotos y risas, la Blackberry que desapareció en la habitación del hotel sigue “sin aparecer”. Cada vez que su dueña nos preguntaba quién la tenía... la tenía una persona distinta. Cada vez que cacheaba a alguien, la Blackberry cambiaba de manos. Cada vez que se nos acercaba a alguno a preguntarnos, volvía a cambiar de manos. Como somos malvados, pero tenemos un límite... se la devolvimos para que pudiese mirar sus correos y sus cosas, obteniendo, a cambio, la promesa que no volvería a sacarla para usar el GPS. Promesa que por supuesto fue incumplida xD







Llegamos sin muchas problemas al Parlamento Escoces y a Holyrood Palace. Nos hicimos las fotos de rigor en un lado y otro y seguimos nuestra ruta, esta vez hacia el oeste, para recorrer la Old Town esta vez por Holyrood Rd. y Cowgate hasta Grassmarket. Luego subimos por Victoria St. y aparecimos delante de la Deacon Brodie’s Tavern. Cruzamos de Princes Street Gardens y volvimos hasta el Scott Monument, para verlo esta vez de día. Como íbamos un poco justos de tiempo, y el ticket del parking sólo era válido hasta las 11, dimos otra pequeña vuelta y acto seguido nos dirigimos hacia Charlotte Square, donde teníamos el coche.









Llegamos a Charlotte Square justamente por el lado opuesto de donde estaba el coche. Carlos ve a lo lejos a un policía haciendo la ronda, comprobando los tickets de aparcamiento, que va directo hacia nuestro coche. Yo salgo a la carrera pero veo que no me da tiempo a llegar antes que él a nuestro coche. Para cuando llego ya está apuntando la matrícula. Intento explicarle, otra vez haciendo uso de mi mal inglés, que voy a sacar un segundo ticket. El policía me ignora completamente, hasta que me responde con un escueto: “It’s too late”. Se me queda cara de tonto y en ese momento, un señor que había en un coche al lado me llama para que me acerque. En cuanto empieza a hablar conmigo el policía se acerca a nosotros y le pregunta a este buen hombre que si yo iba con él, a lo que obviamente responde que no, que no me conoce de nada y se vuelve a su coche. El policía se da por satisfecho y sigue su ronda con cara de pocos amigos. Una vez se ha alejado el policía, el señor del coche de al lado se me vuelve a acercar y me explica que la próxima vez no me pare a discutir con la policía, que me monte en el coche y me vaya, dejando al policía con la multa a medias sin intercambiar una sola palabra con él. Le agradezco el consejo y vuelve a su coche para marcharse. En fin, otro incidente más que sumar con la policía escocesa. Eso sí, este incidente consiguió ponerme de mala hostia para el resto de la mañana.

Nos subimos al coche y recorremos Edimburgo sin saber muy bien a donde vamos. Bueno, queríamos ir al albergue a por las maletas que habíamos dejado en la sala de equipaje, pero otra cosa es que supiésemos llegar. Estábamos relativamente cerca, pero el sentido del tráfico nos desviaba una y otra vez de forma que nunca conseguíamos llegar a donde queríamos. Sumado a la multa recién puesta, el tráfico infernal no ayuda precisamente a que se me pase el cabreo. Así que cuando se me cruzan los cables aparco en una calle cualquiera, en zona para residentes, y el resto del grupo se tuvo que acercar andando al albergue a por nuestras maletas. Mientras esperaba a que volviesen los amigos tuve que hacer tres veces el amago de irme para volver a aparcar porque no paraba de pasar un policía haciendo la ronda. Y no me apetecía precisamente llevarme otra multa.

Cuando por fin llegan los amigos arrastrando de las maletas, nos subimos todos de nuevo y salimos en dirección al castillo de Edimburgo. Sin pensar mucho dejamos el coche en un parking cercano. Sinceramente, no me apetecía ni dar más vueltas, ni llevarme más multas.

Para entrar al castillo de Edimburgo, compramos el Explorer Pass, o como más tarde sería denominado: “Passing López”. Esto es un bono que nos permitía entrar a varios castillos y palacios por un precio razonable. Así que entramos en el castillo, ya de mejor humor, y lo recorrimos entrando en distintas salas de exposiciones donde mostraban trajes y armas militares antiguas. También tuvimos la oportunidad de ver (y escuchar) el cañonazo de las una de la tarde. Esto es un disparo de cañón que hacen desde el castillo a las una de la tarde todos los días, que antiguamente servía para que la gente supiese la hora que es. ¡Están locos estos Escoceses!







Poco después volvimos al coche para abandonar Edimburgo con la sensación de que deberíamos volver en otra ocasión para verlo con más detalle, ya que esta vez lo habíamos visto muy de pasada y sin demasiado orden. Sobre las dos de la tarde y con más hambre que el perro de un ciego llegamos a Linlithgow Palace en cuyos alrededores correteamos y nos revolcamos por la hierba, y se hicieron grandes placajes sólo por diversión. Haciendo otra vez uso del Explorer Pass, recorrimos el palacio de arriba a abajo, sala por sala, escalera por escalera, ya que teníamos libertad total para recorrerlo. ¡Si está en ruinas, más no lo vas a romper! ¿no?








Una vez más de vuelta al coche, y acumulando cada vez más hambre, pasamos por Queensferry viendo el curioso puente ferroviario que une South Queensferry con North Queensferry, hasta que llegamos a Dunfermline. Aquí buscamos algún sitio donde comer, ya llevábamos con hambre desde hacía más de dos horas. Cuatro de los integrantes comieron en un McDonalds que Maite y yo nos negamos a pisar. Así que nosotros dos acabamos zampando unos sandwichs en un local cualquiera de un centro comercial al lado del McDonalds donde estaba comiendo el resto de la gente.

Cuando salimos de Dunfermline fuimos a Loch Leven Castle. Un castillo en mitad de un lago, donde fue recluida María Estuardo por su prima la Reina Elizabeth. Allí con más frío que vergüenza, hicimos unas tristes fotos al castillo que se veía en la lejanía y nos volvimos al coche rápidamente a seguir la ruta. Eso sí, Edu vio un pato que estaba con la cabeza sumergida en el agua y por un segundo, le dio la impresión de que no tenía cabeza, así que ni corto ni perezoso, me dice mientras lo señala: “¡Mira, un pollo sin cabeza! ¡Es Sleepy Pollo!”. Así por el camino al coche fuimos riéndonos a carcajadas de semejante absurdez, que aún hoy sacamos a relucir de vez en cuando.



Llegamos a St. Andrews ya anocheciendo. Dejamos el coche en North St. y fuimos andando hasta las ruinas de la antigua catedral, pasando por al lado de la universidad. Las ruinas de la catedral son muy bonitas, pero llegamos lo suficientemente tarde como para que estuviese cerrado al público, así que las vimos desde fuera, tan contentos. ¡Sobre todo contentos por la entrada que nos acabábamos de ahorrar! Todos instalamos nuestras cámaras para hacer unas fotos al complejo en ruinas con poca iluminación que ofrecía el anochecer y la débil luz farolas. Luego andamos un poco hasta el castillo, al que ya no conseguíamos hacerle una foto medianamente decente. Poco después volvimos al coche y nos salimos en dirección hacia Dundee, donde dormiríamos esa noche.





La llegada a Dundee fue bastante sencilla, lo complicado fue encontrar el albergue. El albergue está en High St. y Dundee tiene la peculiaridad de tener dos calles con ese nombre. Para no liarnos mucho, activamos el GPS de la Blackberry sustraída esa misma mañana y seguimos las indicaciones hasta que acabamos en una especie de polígono a las afueras de la ciudad. Yo que había hecho la reserva del albergue y me había molestado en mirar desde casa donde se encontraban todos los albergues en los que nos alojábamos, sabía que no era aquella calle. Pero claro, ya dudas, y no sabes si el que está equivocado eres tú o la Blackberry. Porque aquella calle efectivamente se llamaba High St. Después de dar vueltas por una calle de mala muerte desierta, Carlos y Maite le preguntaron a un lugareño, enfrentándose una vez más a ese característico acento Scottish. Cuando consiguen entender las indicaciones, comprenden que el albergue está en otra High St. situada en el centro de la ciudad. Así que volvemos al coche y seguimos los carteles hacia el centro de la ciudad. Una vez que estuvimos cerca, yo empecé a reconocer las calles, porque en casa, la semana de antes, me había dedicado a recorrer las ciudades y las cercanías de los albergues con Google Street View. Así que por fin llegamos al albergue sanos, salvos y a las tantas de la noche.

En el albergue nos encontramos que el chico que había en recepción hablaba en castellano. Que la habitación era genial, grande, limpia y con un estupendo baño propio. El albergue tenía su sala de billar por si queríamos jugar (y de hecho jugamos). Así que nos dimos una ducha, cenamos y jugamos unas partidillas de billar antes de irnos a la cama a descansar, por fin.

En definitiva el día fue menos productivo de lo que esperábamos pero, eso sí, lo pasamos genial como siempre.

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